martes, julio 31, 2012

Cuando los prinosaurios gobernaban la tierra


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viernes, julio 20, 2012

Diario electorero, diario electoral




I
(sábado 30 de junio)
Escribo estas lineas en la vera víspera de las elecciones presidenciales en México. Las escribo casi a mi pesar y casi para mi. 
Casi a mi pesar porque en el transcurso del sexenio que recién termina opté por castrar mis opiniones políticas, como consta en los registros de este blog enemigo del voto nulo y amigo del voto de silencio. 
Es del demonio público que el 2006 significó para mi un desencuentro profundo y acaso irremediable con mi país (que es su gente); la sociedad mexicana mostró -en el contexto de las elecciones presidenciales de aquél año- muchos de sus ángulos faciales más repugnantes: su adicción al clasismo, al racismo, su mezquindad moral y su afecto al más puro lumpenaje. ¿Tiene sentido el intercambio de ideas en una sociedad abrumadoramente manipulada, ignorante y vil? (Me pregunté) No, el combate al lumpenaje no ocurre en el ámbito de las ideas, o quizás simple y llanamente no ocurre. El homo lumpen es inmune a los argumentos, el debate o la crítica más elemental (eso me respondí, pues eso creí creer).
Me largué de la ciudad que me vio nacer y callé boca.

Escribo casi para mi porque en esta condición de monigote en el exilio me basta con 5 o 6 fuentes confiables y el diálogo interno para abordar y esculpir las ideas más caras a mi entendimiento (y  también las más baratas). No necesito convencer a nadie en la misma medida que no necesito ser convencido por nada que no sea el análisis crítico de la realidad y, en no pocas ocasiones, por la noble intuición. Aunque esa autosuficiencia resulta -con frecuencia- limitada, me ha servido para navegar por este valle de lágrimas sin cometer demasiadas cagadas en mis desiciones políticas y me ha mantenido lejos de quienes han hecho del cinismo o la estupidez política su genio y figura.
Lejos y a salvo de rostro insolente del México lumpen (aquella jeta hostil y clasista del 2006 y aquél rostro cretinamente ignorante de las elecciones intermedias, las del vergonzante “voto blanco”) esperaba lo peor para este momento electoral. Esperaba que el burdo afán priísta para dirigir al rebaño desde la televisión funcionara con tersura. Que la campaña de desinformación transexenal en contra de AMLO consiguiera el mismo efecto que seis años atrás: un odio tan profundo como irracional hacia López Obrador y sus simpatizantes basado en un ramillete de tristes falacias y un mantra delirante. Esperaba que el frente común formado por los correveydile del sistema: locutores de alquiler, analistas anulistas, prosti-reporteros, payasos de greña verde y lengua viperina, intelectuales nalgasprontas, caricaturistas alcahuetes y toda suerte de opinantes a destajo cuya calidad moral vale menos de lo que cuesta, impusieran su república de mierda por sobre los intereses de los pocos mexicanos en resistencia permanente.  
Esperaba que ocurriera todo eso, y por supuesto que es posible y probable que ocurra, pero la manera en que un sector importante de la sociedad mexicana está plantando cara -de manera totalmente sorpresiva- al nuevo fraude electoral hace que valga la pena vivir este momento. 
Y “a votar” se ha dicho.

II
(Lunes 2 de julio)
Escribo estas lineas un día después de las elecciones presidenciales en México, cuando se cumple -o se hace cumplir- el peor de los destinos posibles para el país: el segundo fraude consecutivo y tercero de la era neoliberal. 
No conozco gran cosa de la historia de otros pueblos, pero dudo mucho que exista un caso similar al nuestro en el mundo contemporáneo ¡comenzar el nuevo siglo con dos mega fraudes institucionales al hilo (repito) dos mega fraudes institucionales al hilo! Ya ni la chingamos. No hay vergüenza en la faz del pueblo de maíz transgénico.
Me ha tocado vivir en carne propia los tres atracos cupulares; el de Salinas en 1988 (estando en la antesala de mis dieciocho primaveras y sin posibilidad de votar), el de Calderón en 2006 y este perpetrado nuevamente por Salinas, que es quien opera detrás del junior oligofrénico y psicópata que es Peña Nieto. Y aunque uno ya debería estar curtido a estas alturas de la vida, me dolió mucho encarar la realidad porque nunca dejé de albergar la secreta esperanza de alcanzar el cambio por la vía electoral; esperanza tan noble como ingenua.
Ni hablar. Calculé bien con la cabeza y mal con la víscera cardiaca, pues sabía perfectamente -como cualquier mexicano medianamente informado- que la mancuerna neoliberal PRI-PAN no va a soltar el poder tan fácilmente. Que si no les arrancamos el país del hocico, nunca lo van a devolver (en el retórico supuesto de que alguna vez haya sido nuestro).

III
(Martes 3 de julio)
Escribo estas líneas dos días después de la fiesta de la democracia.
Desde las últimas horas de la elección dominical, pero sobre todo durante la madrugada del lunes 2 comprendí que el atraco estaba consumado (lo comprendí por un sueño muy significativo que me hizo despertar súbitamente) Entendí todo de golpe y sentí derramarse en la boca del estómago un sentimiento que me había costado muchos años exorcizar: una mezcla de frustración, coraje, tristeza y desesperanza. Una suerte de amargo luto, un gusto como a bilis derramada.
No soy pendejo y se muy bien (como lo supe hace seis y doce años) de la masacre social que nos espera con este refrendo al proyecto neoliberal, de la carnicería metódica que irá mermando nuestra economía personal, nuestros derechos civiles y nuestra moral. Vienen cambios y reformas gravísimos que en la pobre conciencia de la gran mayoría de mexicanos ni siquiera quedarán registrados, aunque su cuero y nivel de vida los padezcan consuetudinariamente. 
Escribo totalmente shockeado por la facilidad con que el aparato de adoctrinamiento de masas impone su telenovela política, castigando sañudamente a los opositores al régimen telecrático y premiando con retórica delirante al grupo de ignorantes que festina el negro destino que le ha sido asignado cupularmente.
 Navego lentamente por mis islas de internet, como quien camina sobre los escombros de una nación derribada (como en las horas posteriores al temblor del 85) y de entre tanto cascajo me encuentro (bendito internet) con un mensaje revitalizante de Gerardo Fernández Noroña que aligera mi espíritu y me ayuda a enfocar de manera distinta los sucesos.
Aún me siento mal, pero está bien sentirse mal; ¿o cómo debería sentirse un mexicano bien nacido a quien le importe mínimamente el destino de su patria (que es su gente)? ¿Qué ánimo puede tener quien sabe que el segmento más corrupto y violento del país (los peores gobernantes y los peores gobernados) se arroja en estampida sobre la tierra común? 
Me comunico con mi gente para acompañar el luto y me alisto para lo que viene. Así es la vida, piedra, como tú.

IV
(Viernes 20 de junio)
Escribo este texto 20 días después de la elección, ya con la cabeza más despejada y el ánimo (ahora sí) debidamente templado.
Resulta muy notable, al menos para mi, ver cómo se han ido radicalizando los procesos históricos y sus actores. Por un lado, los candidatos de la derecha neoliberal (el partido es lo de menos) resultan cada vez más viles, corruptos e inclusive sin cuotas mínimas de salud mental para cumplir una función pública, ya no digamos para encabezar a un estado. La era neoliberal nos ha deparado presidentes megalómanos, violentos, acohólicos, psicópatas, mitómanos y hasta débiles mentales. El nivel de zafiedad, su degeneración política y el odio manifestado hacia las masas populares se va acentuando conforme avanza su proyecto transnacional y transexenal. Es impresionante ver como se van superando uno a uno y con cada nuevo monigote se echa de menos al anterior (Salinas, Zedillo, Fox, Calderón, Peña Nieto y quien ya pretende erigirse como el primer candidato neoliberal “de izquierda”: Marcelo Ebrard, a quien es preciso dedicar un merecido post).
Por otra parte, los candidatos progresistas se han ido depurando paulatinamente y cada líder popular se torna más sólido y congruente y se acerca un poco más hacia la izquierda. Del ingeniero Cárdenas a López Obrador hay un avance impresionante. El nivel de aceptación electoral de ambos ha sido tan alto que la derecha neoliberal ha tenido que robar la presidencia en 3 ocasiones; y Obrador es sin duda alguna el lider popular más importante y carismático desde el presidente Lázaro Cárdenas, a pesar de la campaña permanente de desinformación y descrédito insostenibles, sostenidos sólo por la artillería pesada de los medios masivos en su afán de anular su importancia histórica.
De López Obrador al liderazgo que está construyendo Gerardo Fernández Noroña en torno suyo (un político de formación marxista, pensamiento ágil, buenísimo pal debate y con una gran claridad en su proyecto de nación) hay un trecho igualmente notable. Fuera de las burocracias partidistas corruptas, infestadas de derechistas y neoliberales embozados y al margen de las instituciones al servicio de la oligarquía, el proyecto de Noroña pinta para ser la primer bloque opositor de izquierda auténtica.
Lo que hace falta en esta coyuntura histórica es una sociedad civil que esté a la altura y se la juegue por alguno de los dos proyectos: el neoliberal y el de recuperación de la nación. Es momento de fijar postura y asumir compromisos con la madre patria o con sus violadores. Son ellos o nosotros.
Y quien piense que esta frase es retórica de un radicalismo maniqueo, habrá que recordarle que para el sostenimiento de este modelo económico y social se ha sacrificado la vida de más de 60 mil mexicanos (la guerra al narco es nuestra versión tricolor del 9/11). 
Si has estado frente a un retén militar, si has recibido llamadas de extorsión o noticias de caminos controlados por Zetas, sabrás que la muerte en potencia (tolerada, fomentada y articulada por el estado mexicano) se encuentra en cada rincón del país y la muerte cerebral se encuentra en cada pantalla de televisión. 
A cerrar cicatrices y, como diría Noroña: ¡vámonos pa adelante!

PD Les dejo un par de links imprescindibles para ayudarnos a tomar consciencia.

Caronte Suite número 3

La penúltima de la saga, sólo falta la cuarta y en diez le paramos.


10 estrategias de manipulación




Uno de los ejercicios del reciente taller de ilustración digital consistió en desarrollar una ilustración libre para aplicar principios básicos de dibujo, coloreo y conceptuaización.
En mi caso, seleccioné un decálogo muy interesante de Noam Chomsky que pone en evidencia las estrategias del sistema de poder para adoctrinar, confundir y manipular el pensamiento de las masas. El texto ya es muy popular en las redes sociales, pero hasta hace poco yo lo desconocía como tal. 
Lo reproduzco para tenerlo presente y corroborar su aplicación cotidiana y sistemática en el lamentable menú escatológico de los medios masivos de apendejamiento.

Noam Chomsky y las 10 Estrategias de Manipulación Mediática


1. La estrategia de la distracción
El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las elites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética. ”Mantener la Atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para pensar; de vuelta a granja como los otros animales (cita del texto ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.

2. Crear problemas y después ofrecer soluciones.
Este método también es llamado “problema-reacción-solución”. Se crea un problema, una “situación” prevista para causar cierta reacción en el público, a fin de que éste sea el mandante de las medidas que se desea hacer aceptar. Por ejemplo: dejar que se desenvuelva o se intensifique la violencia urbana, u organizar atentados sangrientos, a fin de que el público sea el demandante de leyes de seguridad y políticas en perjuicio de la libertad. O también: crear una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.

3. La estrategia de la gradualidad.
Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente, a cuentagotas, por años consecutivos. Es de esa manera que condiciones socioeconómicas radicalmente nuevas (neoliberalismo) fueron impuestas durante las décadas de 1980 y 1990: Estado mínimo, privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo en masa, salarios que ya no aseguran ingresos decentes, tantos cambios que hubieran provocado una revolución si hubiesen sido aplicadas de una sola vez.

4. La estrategia de diferir.
Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular es la de presentarla como “dolorosa y necesaria”, obteniendo la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Es más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato. Primero, porque el esfuerzo no es empleado inmediatamente. Luego, porque el público, la masa, tiene siempre la tendencia a esperar ingenuamente que “todo irá mejorar mañana” y que el sacrificio exigido podrá ser evitado. Esto da más tiempo al público para acostumbrarse a la idea del cambio y de aceptarla con resignación cuando llegue el momento.

5. Dirigirse al público como criaturas de poca edad.
La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discurso, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental. Cuanto más se intente buscar engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantilizante. ¿Por qué? “Si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos de edad.

6. Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión.
Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar un cortocircuito en el análisis racional, y finalmente al sentido critico de los individuos. Por otra parte, la utilización del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones, o inducir comportamientos…

7. Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad.
Hacer que el público sea incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para su control y su esclavitud. “La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposibles de alcanzar para las clases inferiores (ver ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.

8. Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad.
Promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto…

9. Reforzar la autoculpabilidad.
Hacer creer al individuo que es solamente él el culpable por su propia desgracia, por causa de la insuficiencia de su inteligencia, de sus capacidades, o de sus esfuerzos. Así, en lugar de rebelarse contra el sistema económico, el individuo se autodesvalida y se culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de su acción. Y, ¡sin acción, no hay revolución!

10. Conocer a los individuos mejor de lo que ellos mismos se conocen.
En el transcurso de los últimos 50 años, los avances acelerados de la ciencia han generado una creciente brecha entre los conocimientos del público y aquellos poseídos y utilizados por las elites dominantes. Gracias a la biología, la neurobiología y la psicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado de un conocimiento avanzado del ser humano, tanto de forma física como psicológicamente. El sistema ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que él se conoce a sí mismo. Esto significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el de los individuos sobre sí mismos.