La penúltima colaboración para esta sección
El Edén con sobre cupo
Para los Dioses, el Olimpo: morada majestuosa colmada de seducción y embeleso. Para los mortales, los multifamiliares.
No hay mito fundacional que explique cabalmente a ese edén barroco que es el perímetro chilango. No hay razonamiento lógico -de hecho- para entender la compulsión por infestar de humanos cada rincón de la anatomía capitalina, con ese empecinamiento en el hacinamiento tan característico de quien no sabe crecer hacia arriba o hacia los lados, sino hacia adentro.
Que 9 millones de defeños cohabiten en un territorio a todas luces insuficiente no tiene nada de malo, lo malo es que demanden comida, escuelas, trabajo y vivienda de manera directamente proporcional.
Para esta titánica tarea la ingeniería chilanga ha ideado los conjuntos multifamiliares: monumentales cajas de zapato que -al modo de las matriuskas rusas- guardan ciudades dentro de ciudades con sus respectivos inquilinos viviendo codo con codo y neurosis con neurosis.
Estos muéganos arquitectónicos cumplen con dos funciones, por un lado colman la
vocación de los adictos a la urbe de multiplicar el tejido social hasta sus últimas consecuencias (anular el vacío es la consigna) y por el otro, sirven para que los arquitectos e ingenieros practiquen estrategias que después pueden ser aplicadas en un juego de Tetris.


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