A petición de un cibernauta que resultó ser descendiente de
Juan de O’donojú -último Virrey de la Nueva España- he aquí una estampa mortuoria que formó parte del paquete de ilustraciones históricas
Héroes de Carne y Hueso. Lamentablemente es una representación fúnebre, pero es la única donde aparece O’donojú.
El dibujo es de monseur Clément, quien tuvo a bien echarme una mano pachona con algunas de las cerca de cuarenta láminas y fue, por cierto, una de las pocas ilustraciones que pasó sin correcciones o ajustes del director del documental.
Durante el proceso de investigación, documentación, bocetaje y dibujo (que de todo eso se compone nuestra chamba) y que estuvo además amenizada por podcasts de opinión y debate entre historiadores, surgieron algunas reflexiones interesantes en torno a este tipo particular de ilustración.
Como es bien sabido en nuestro gremio, la ilustración técnica, histórica y/o figurativa es la apestada de la fiesta. Casi nadie quiere entrarle por la cantidad de trabajo y rigor técnico que implica su ejecución, lo poco que luce el dibujante (hay un margen estilístico muy estrecho) y lo ingrato de la paga, que nunca cubre a cabalidad toda la inversión de trabajo y conocimiento.
Aunque (acá entre nos) es más preciso afirmar que no es que nadie quiera abordar a este tipo de proyectos, sino que casi nadie puede; y estoy tentado a asegurar que en México ese “casi” está compuesto por cinco o seis ilustradores a lo mucho.
La razón por la que esta forma de representación gráfica es nuestra Kriptonita es porque desnuda carencias técnicas y puntos flacos de una manera brutal, y hace evidente -de paso- el desdén terrible hacia el cúmulo de conocimiento del dibujo clásico perpetrado desde casi todos los ámbitos: ya desde la academia, ya desde los talleres de dibujo -institucionales o no-, ya desde los cursos patito.
Bajo la falsa premisa de que el dibujo realista ya está superado (¿superado por quién? me pregunto yo) todas las tendencias actuales apuntan hacia la expresividad personal a ultranza; los estilos de moda, la ilustropintura, hacia las corrientes de vanguardia universal (es decir, los dictados por la cultura hegemónica) que, a falta de una escuela y tradición real que las explique en nuestro contexto, resultan ser burdo fusil y retaguardia con ínfulas de vanguardia, vano intento de nuestras hordas de aspirantes a primermundistas honorarios.
Pero ya me estoy yendo por donde no debo si no quiero quedarme sin amigos; decía que, además de todo el trabajo de investigación y documentación que es menester para representar una sola escena histórica, hay un elemento toral que -lamentablemente para mi- entendí muy tarde: la imaginación. El margen de inventiva y criterio, el breve espacio de libertad que nos autoriza a “deducir” y recrear un momento histórico determinado sin menoscabo de la mayor precisión documental posible. Suena complicado y sin embargo no lo es tanto.
Es una lástima -insisto- que haya entendido esto cuando ya la mayoría del trabajo estaba hecho y había sido ejecutado con la rigidez y falta de naturalidad propias de quien no ha asumido su libertad creativa con consciencia histórica… (¿qué mamadas estoy escribiendo?)
Bueno, como mal ejemplo va esta lámina en la que, aunque formalmente correcta, equivoqué al atender la parte del guión que dice:
Ilustración: Imagen de Iturbide y su familia, escoltado por Nicolás Bravo y seguido por muchos soldados. Imagen de un río de gente vitoreando a Iturbide
Pero no reparé en un texto aledaño que dice:
Escoltado por Nicolás Bravo y mas de 500 hombres, Iturbide y su familia salieron rumbo a Veracruz, viajando por rutas alternas, evitando atravesar comunidades porque poblaciones enteras salían a verlo pasar. Vitoreaban efusivamente y lloraban su partida.
Y ese descuido propició que se perdieran uno o dos días de trabajo en esta ilustración que, como ven, contradice la parte textual.