
Diciembre es un mes pródigo en celebraciones, reencuentros y brindis al por mayor. La segunda mitad del doceavo mes se torna festiva y luminosa (y no por la luminosidad que emana de los nobles sentimientos, sino aquella generada por series navideñas con ridículos foquitos
made in China que más bien nos hablan de dispendio, consumismo frenético y un gusto harto vulgar).
Los hombres de buena y mala voluntad se reúnen para celebrar una fecha cuyo significado a nadie interesa. Levantan sus copas, sonríen y brindan con sus iguales por el fin del capítulo anual que está por concluir; luego verbalizan parabienes -que rayan entre la frase hueca y el lugar común- por el capítulo venidero del gran libro de sus vidas.
Con cierto aire de ritual de post-guerra (al cabo se trata del festín de los sobrevivientes), estos contertulios enumeran sus grandes logros, sus goles, las
cogidas memorables. Minimizan sus tropiezos (porque así son ellos, irremediablemente soberbios) y paladean los fracasos ajenos, humedecidos sus cogotes por copas rebosantes de ese vino tinto que no pinta la lengua ni los labios. Ese vino que en su precio lleva la penitencia:
el néctar de la lumpenburguesía.
Porque (como resulta obvio desde el título), me refiero específicamente a la celebración triunfal de la casta más despreciable de la cual se tenga memoria: la oligarquía mexicana.
Los plutócratas -esos hijos de la gran
pluta- están de manteles largos porque el año del señor de 2006 ha sido su gran año. A estas alturas de nuestra vida política ha quedado perfectamente claro que este país tiene dueño y que nadie va a cambiar la ruta que ha sido trazada para el viaje sin retorno del tren del neoliberalismo.
Nuestro subdesarrollo es su negocio, nuestra derrota es su éxito y el éxito es algo que, indefectiblemente, debe ser festejado.
Así pues, les sobran los motivos.
Se acerca el tiempo de cerezas y la cosecha de facturas que se han sembrado durante la crisis pre y post electoral. Todos los soldados de la clase política, la cúpula empresarial, los medios de
apendejamiento de masas y el aromático puchero de
clasemierderos ocupan su lugar en la gran mesa de los oportunistas.
La tribu despreciable de lumpenburgueses se yergue triunfal y, copa en ristre, brinda y adereza el nutrido brindis con chistes sosos pero furiosos que versan básicamente sobre la derrota del
Peje -ese loco, ese exhaltado-, pero también sobre el propio
AMLO y su gobierno legítimo (los bufones hablando de bufonadas), sobre la madriza a los terroristas de la
APPO, la trampa vulgar con la que apresaron a
Flavio Sosa -paradigma del naco irredento-, el recorte presupuestal a la educación pública, el aumento al gasto militar intramuros y -en proporción de 500%- a la propaganda gubernamental. La venta de garage con la que están rematando lo que queda de aquella
terra patria que algún día fue la República Mexicana y -en fin- todo un bufete de hilarantes noticias que hacen de estas fechas, de este fandango navideño, su fiesta prometida.
Es la hora de los
lumpemburgueses, es
el festín de los marranos y bien ganado se lo tienen. A los ojos del neoliberal el éxito es inobjetable y en ese sentido no hay matiz moral que valga. Su triunfo fue falaz, obsceno, indigno, prepotente, sucio y -por tanto- flagrante e incuestionable.
Mientras tanto, yo reincido en mi trago amargo (de alguna manera lo disfruto).
Brindo frente a la
Buba IV con una copa de vino tinto (del que mancha la lengua, los labios, los dientes y cuesta 50 varitos) y apechugo como saben apechugar los nativos del México profundo.
Yo recuerdo un poema de
Sabines, aprendido y aprehendido desde mi lejana adolescencia:
Había sido escrito en el primer testamento del hombre:
no lo desprecies porque ha de enseñarte muchas cosas.
Hospédalo en tu corazón esta noche.
Al amanecer ha de irse. Pero no olvidarás
lo que dijo desde la dura sombra.
La señal Del dolor.
Y así, sin menosprecio al calumniado dolor -pues este año será fundamental en nuestras vidas en la medida en que sepamos aprender de la dolorosa experiencia-, habremos de crecer a la sombra, restañar las heridas para recuperar aquello que nos ha sido arrebatado y preparar el terreno para el segundo, el tercero, el “N“ round.
O como diría cierto insigne cubano, ”debo aprender que mañana es un mundo habitable“.
Pero hoy, hoy es el festín de los marranos, es su noche buena.
Hoy, el éter estará ocupado por el eco de sus gruñidos y el refinado ”
oink-oink“ de sus intelectuales orgánicos.
Bienaventurados.